El cielo rojizo teñido de cenizas augura una cálida despedida del valle, una nota punzante en el corazón augura un final de invierno descorazonador. El Posets nos despide con despojándose de su manto de nieve, los ocres, porque la sequedad ya no deja verdes, suben a las alturas como nosotros, y la cortina de humo y el tapiz negro que ha dejado el fuego han llegado a las nieves del alto valle de Castenesa. El termómetro del coche nos hace pensar en dejar las tablas y volver a por los pies de gato, cambiar el blanco del suelo por el polvo blanco de la bolsa de magnésio.
Me gustaría estar oyendo a los Maiden en mis oidos, pero la verdad es que es más del The End de los Doors, esas notas desasosegantes que te transportan a un mundo de esperanzas inciertas. Pero la vida es así y la naturaleza algo nos ofrecerá.
Una parada en La Grave para calibrar material nuevo y para la casa de los sueños, el reino del mago de donde todo es posible.
Notas punkies en una mañana cálida con rápeles y descensos antes de la subida al rincón perdido bajo las grandes paredes. Colores de primavera y nieves que se resisten a dejar a que las paredes se pongan de luto. El hielo asoma en las nortes y las rocas escalan por los corredores, negros de hielo con gotas de rojo granito. Voy encontrando colegas y poco a poco la brújula va tomando sentido. Lo clásico, con sabor a buen descenso mítico queda en el bolsillo de los planes y las lineas raras, esas que ni piensas en ellas por, eso, pues por raras e imposibles parece que han querido volver después de los años.
Couvercle, notas de romántico rincón entre cristales de cuarzo y losas de sepulcro alpino, en un teatro digno de Wagner. Una opera clásica teñida de notas de heavy.
El calor del pasado nos reconforta en una noche donde las estrellas apagan la luna del cielo. El olor de humo impregnado en las paredes del refu recuerdan que muchos hemos soñado entre las mantas con los temores de la incertidumbre que llegará con el despertador, las translucidas ventanas reflejan en el interior las luces de mil sueños escritas en la montañas, cin millones de caminos ya recorridos y el susurro que nos atrae de todos los que aun faltan por trazar.
Las luces del amanecer vuelven a dar vida a las inmortales paredes que se ríen de nosotros que como larvas nos arrastramos por entre el blanco de sus glaciares, doblegados por el peso de las tablas y que con cada rayo de sol nos acercamos más a ese baile que por un instante la montaña nos dejará tener. La música del silencio afina los acordes para la coreografía del vacío. En el horizonte un millón de colores atiende a ese momento y por fin sin quererlo o queriéndolo demasiado la cima se convierte en valle.






